Las puertas cortafuegos

Reproduzco a continuación el poema titulado “Las puertas cortafuegos”, incluido en la página 29 de mi libro Las siete en Canarias y que lleva la siguiente dedicatoria:

A mis padres, que han vivido en perpetua jornada de puertas abiertas

Estar muerto es querer que nada cambie
es protegerse de todo antes de tiempo
es cerrarse al dolor con puertas que no abren
es ceder por competo al execrable miedo.

De la sabiduría y la serenidad de mi madre ya he hablado en este blog (véase la entrada Las virtudes de los cazadores esquimales del pasado 27 de enero). Del entusiasmo y la genialidad de mi padre hablaré el 7 de septiembre próximo.

Con este poema quiero hoy rendir un homenaje a los dos al mismo tiempo, unidos en su espíritu constructivo y su vocación de servicio y, sobre todo, en el ejemplo de una vida sin miedo, pasaporte imprescindible para la libertad y la plenitud.

Y todo lo demás, por añadidura

Un altísimo porcentaje de los dos o tres lectores de mi “Loa al 31 de diciembre” (publicada el 2 de enero pasado) me inundó de preguntas, consultas, reticencias, e incluso –debo admitirlo- de algún que otro comentario sarcástico… Así que, hija de mi tiempo como soy, no me queda más remedio que doblegarme al poder de los Big data y tratar de satisfacer esa masiva y “biensana” curiosidad vertida sobre mis tan cacareados propósitos para el nuevo año.
No voy a desvelar el contenido la lista que tanto esfuerzo y tantos desvelos me costó elaborar, sino que voy a hacer en su lugar algo más íntimo y más doloroso todavía, algo más necesario y, desde luego, más útil, como es confesar aquí (en la acogedora intimidad de esta secretísima página) la cruda  realidad.
Decía yo muy “gallita” que, una vez finalizada mi exhaustiva reflexión de fin de año, iba a:
1) seleccionar los tres o cuatro objetivos fundamentales para el año nuevo;
2) especificar de forma detallada los hábitos que consideraba que debía a) eliminar, b) reducir, c) aumentar o d) incorporar en mi vida para alcanzarlos;
3) describir cómo iba a hacerlo y en qué momento y
4) escribirlo todo en un papel para tenerlo siempre presente y poder verificar si estaba llevando a cabo mi plan y qué resultado me estaba dando.
Y decía también que no me pidieran ustedes todavía que les enseñara el papel porque aún estaba reflexionando…
Y no eran excusas. La lista la pensé. La lista la escribí. La lista la consulté e intenté ponerla en práctica toda ella, hasta que fui consciente del error garrafal que había cometido.
Envalentonada por mi inconmensurable deseo de mejora y mi ensoberbecido anhelo de excelencia había pasado por alto el único propósito verdaderamente imprescindible, el requisito mínimo, la condición sin la cual no… Y paré motores, abandoné mis ambiciosas metas y rebajé el alcance de esa planificación anual de la que me sentía tan orgullosa. Sin entrar en detalles, confesaré que donde había dicho “pintaré la Capilla Sixtina” dije simplemente: “compraré un pincel”.
Y mi pincel se llama generar confianza; ser digna de mi propia confianza, comprometerme a que, cuando haga una promesa, cumpliré la palabra dada.
Así que eliminé todos los propósitos de mi lista, y me quedé solo con uno, modesto, modestísimo, casi inconfesable de pequeño…, pero que tiene el gran valor de que lo estoy cumpliendo y de que ser consciente de ello me llena de alegría y, lo que es más importante, de esperanza.
Un pequeño paso para mi lista, pero un gran paso para mi credibilidad, un objetivo diminuto pero que simboliza el propósito subyacente de no utilizar el verbo prometer en vano; de prometer poco, pero prometer bien. De ser de aquellos “tardos en prometer y raudos en cumplir”, que decía, con su aplomo y su sabiduría, mi siempre sabia y añorada madre.
Y todo lo demás, por añadidura.

Las virtudes de los cazadores esquimales. Homenaje a Lourdes Martínez Gutiérrez en el segundo aniversario de su fallecimiento

Reproduzco a continuación el texto que escribí tras la muerte de mi padre, incluido en el monográfico «En memoria de Ignacio Hernando de Larramendi», publicado en Mundo MAPFRE, Revista interna del Sistema MAPFRE, nº 34 – Año IX. Tercer trimestre 2001 [se puede descargar el pdf de la revista en el siguiente enlace]

A Lourdes, nuestra madre, muchos (especialmente ese «requeté guapo» del que se enamoró hace ya sesenta años y que sin ella -palabras de él- «no hubiera hecho nada, pero nada de nada») la han identificado con la mujer fuerte del Evangelio, que acepta todo, soporta todo, sonríe y resuelve los innumerables problemas; pero hay muchos otros rasgos, otras virtudes, que la acompañan y caracterizan: sencillez, elegancia, belleza, serenidad, cultura, discreción, inteligencia…

Yo siempre la había llamado para mis adentros Sherlock Holmes o Hércules Poirot, por la constante actividad de «sus pequeñas células grises», por su extraordinario sentido lógico y su capacidad de percepción, hasta que un día, Ramón, a la vuelta de una de sus expediciones polares y hablando de ella con arrobado entusiasmo, dijo -como máximo elogio- que era como un cazador esquimal. Los cazadores esquimales -me explicó- tienen pocos medios y una vida muy dura, y se lo juegan todo a su habilidad para sopesar con juicio certero las situaciones y tomar decisiones vitales… Me di cuenta de lo que quería decir, de lo que él veía en nuestra madre: visión global de las situaciones, voluntad de enfrentarse a las dificultades, tenacidad para seguir en el empeño, discernimiento para distinguir lo esencial de lo superfluo, criterio para tomar decisiones, coherencia para mantener la acción emprendida y serenidad para aceptar las consecuencias.

Como los cazadores más avezados, ella ha logrado su objetivo, ella «ha triunfado». Pero decir que es una triunfadora es no dar suficiente información sobre su persona, es necesario -imprescindible- decir que es grande, decir que es admirable. Triunfar es tener éxito en un empeño, es decir, conseguir lo que uno se propone. Hay quienes dedican toda su vida a salir en el Libro Guiness de los records, o a mantener un cutis terso, o a desarrollar un cuerpo escultural, o a ser «famosos», o a evitar cuidadosamente todo compromiso, o a acumular millones, o incluso a ser los mayores criminales de todos los tiempos… y lo consiguen. Puede decirse que han triunfado, es cierto, pero ello no significa que sean grandes, ni dignos de admiración.

La grandeza de una persona no reside tanto en el éxito en el empeño, como en la calidad de éste. Mi madre ha dedicado su vida a ser, como San Francisco de Asís, una generadora de amor, un instrumento de paz y concordia:

¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz!
Que allí donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya ofensa, ponga yo perdón;
donde haya discordia, ponga yo unión.

Qué hermosa y qué difícil de cumplir, la oración franciscana. Qué difícil es olvidarse de uno mismo y actuar por el bien común y, sin embargo, nuestra madre lo ha logrado, ha hecho de su vida un perpetuo Jueves Santo, un eterno día del Amor Fraterno. El perdón, una de las actividades más humanas pero más difíciles de realizar, ha sido una constante en su quehacer cotidiano. Día a día, hora a hora, minuto a minuto ha luchado y sigue luchando -en una contienda que nunca acaba- por vivir una vida cristiana y crear una familia ejemplar. Y (aunque parezca una paradoja, no lo es) supeditando su «yo» a la consecución de la unidad familiar ha obtenido lo que muchos buscan en lugares inapropiados: la autoridad moral, un lugar relevante en los corazones (en su caso, no sólo de quienes la conocen, sino incluso de quienes simplemente han oído hablar de ella). Porque no hay nadie que no perciba su influjo, que no se sienta reconfortado en su presencia; es el ejemplo viviente de que la coherencia tiene cabida en este mundo y, desde luego, para nosotros, sus hijos, sirve de modelo y de estímulo para no caer en la facilonería, en el egoísmo, en la mezquindad.

Pensando siempre en los demás y olvidándose siempre de sí misma, ha adquirido una personalidad que imprime carácter, está presente en el mundo, es inolvidable; existe… puede decir, como San Juan de la Cruz en El Cántico espiritual: «me hice perdidiza y fui ganada».

 

 

Loa al 31 de diciembre

Somos animales de costumbres y, sobre todo, seres convencionales. Así que bienvenida sea la convención de considerar como cosa cierta que el 31 de diciembre termina una etapa y una nueva vida empieza, y la costumbre de plantearse propósitos que nos permitan ser, como diría Unamuno, padres de nuestro futuro, y no solo hijos de nuestro pasado.
Sabemos de la necesidad de pararnos a reflexionar, y lo tenemos muy claro, pero a menudo nos pueden las prisas, o las urgencias, y lo dejamos para más adelante… El día de fin de año, en cambio, el que más y el que menos se siente receptivo a este tenue aroma de “examen de conciencia” que flota en el ambiente y se siente impelido a la dulce tarea de hacer una recapitulación de lo que ha sido el año andado. Es el momento del “balance anual” o de la “memoria del ejercicio” en empresas y otras persona jurídicas y del recogimiento, espejo en mano, en las personas físicas.
Pero para poder ver bien y encontrar algo relevante en este espejo hay que querer mirar, y también saber hacerlo, que a todo se aprende. Digamos que la madrastra de Blancanieves no sería el mejor ejemplo… No hace falta ser un lince para percatarse de que esta buena señora no da ningún atisbo de mirar con el objetivo de ver realmente, sino que parece hacerlo arrastrada por una honda necesidad de corroborar su capacidad de sentirse deseada o importante. No quiere descubrir nada nuevo. No quiere aprender. Busca solo afianzar su deseo. Jamás se propondrá ningún propósito para el año nuevo. ¡Descartémosla como modelo!
Personalmente, prefiero definir, antes de ponerme a ello, qué voy a mirar, cómo voy a hacerlo y, lo más importante de todo, para qué. Un “para qué” que fundamentalmente se reduce a dos cosas.
En primer lugar, para ser consciente de todo lo que ha ido bien, y poder así vivir de nuevo los momentos dulces, dar las gracias a quien haya contribuido a ellos y seguir perseverando (en el caso de que el logro, placer, satisfacción u orgullo que me han hecho feliz hayan sido fruto de mi intervención, o de mi trabajo).
En segundo lugar, para identificar qué es lo que no ha ido tan bien y qué es lo que me ha impedido ser quien quiero ser, llevar la vida que quiero llevar o mejorar mi entorno como lo querría mejorar.
Eso sí, para poder repasar el año de manera sistemática sin olvidarme de nada y hacer un plan ambicioso pero factible, he optado por dividir mi mirada en cuatro partes.
La primera, para revisar mi cuerpo, y ver cómo lo he tratado durante el año; cómo me he alimentado, a qué ejercicio lo he sometido y, en definitiva, qué he hecho para aumentar su fortaleza, su flexibilidad y su resistencia, de modo que sea el soporte de toda mi existencia.
La segunda, para analizar mi alma. Es decir, para comprobar si he asumido las responsabilidades contraídas voluntariamente (con mis principios, mis metas, mi trabajo, mi familia, con la sociedad en su conjunto e incluso con el planeta); si mi vida ha transcurrido este año de una manera acorde al sentido que yo he querido darle; si he trabajado para conseguir lo que de verdad me importa, y si he incorporado hábitos que hayan incrementado mi buen vivir o, dicho de otro modo, mi sabiduría.
La tercera, para estudiar mi mente, y verificar si en los últimos doce meses he seguido aprendiendo de manera voluntaria y activa; si me he esforzado de manera consciente para desarrollar mi sentido crítico, mi capacidad de resolver problemas y de tomar decisiones; si he trabajado para organizarme y planificar de manera estratégica y con visión de futuro mi tiempo y mi esfuerzo; si he hecho regularmente gimnasia intelectual y si me he preocupado por mantener en todo momento una mirada innovadora y creativa que amplíe mi visión del mundo y genere nuevas posibilidades e ilusiones.
La cuarta, para reflexionar sobre mi corazón; es decir, ver si mis emociones han contribuido a proporcionarme serenidad y equilibrio y de qué modo han influido en mi relación con las otras personas. Para comprobar si he escuchado lo suficientemente bien como para comprender el corazón y los sentimientos de los que me son cercanos y poder así poder actuar en consecuencia (con valentía y determinación, si fuera necesario, pero siempre con delicadeza); si me he implicado en acciones que hayan redundado en mejorar la vida o las condiciones de otras personas; de qué modo he tenido en cuenta los principios que regulan la convivencia; si he sabido mantener mi palabra; si he sabido admitir mis errores y pedir perdón con sinceridad cuando he hecho daño; si he depositado confianza en los que me rodean y me he esforzado por hacer solamente críticas constructivas que abran horizontes.
Acabado el análisis, me regodeo un buen rato en todo lo bueno que me ha sucedido, me centro en lo que he hecho yo para conseguir momentos memorables y me propongo seguir trabajando en esa línea de actuación.
Después de estos instantes de gloria, llena de fuerza y de energía renovada, habiéndome jaleado suficientemente, paso a identificar lo que me ha hecho daño o me ha entorpecido y considero qué es lo que podría cambiar para obtener resultados diferentes y qué mejoras me gustaría introducir en mi vida y que veo posible plantearme como objetivos realistas.

De toda la lista, selecciono los tres o cuatro objetivos que considero fundamentales para el año siguiente; especifico de la manera más detallada posible qué hábitos debo eliminar, reducir, aumentar o incorporar en mi vida para alcanzarlos; describo cómo voy a hacer y en qué momento y lo escribo todo en un papel para tenerlo siempre presente y poder verificar si estoy llevando a cabo mi plan y qué resultado me está dando.
No me pidan todavía que les enseñe el papel porque aún estoy reflexionando.

Fábula del buen Gobierno (o la verdadera y desconocida historia del Señorío de Polop)

Cuenta la leyenda que en los albores de la historia, mucho antes de la época del infante Alfonso de Aragón y Foix, hace más siglos de los que podamos recordar, las tierras que ahora ocupa el señorío de Polop estaban regidas por un rey justo y sabio, movido únicamente por el amor a su tierra.
Cuando le llegó la vejez y una cruel enfermedad se apoderó de él, quiso dejar prevista su sucesión de manera que quedara asegurado el bienestar y la felicidad de sus gentes. Pero se encontraba con un grave y extraño problema, que no había tenido el coraje de afrontar en sus años de esplendor. Y era que, por inescrutables designios de la Providencia, su amada esposa, justo antes de morir, había dado a luz tres hijos juntos y nunca pudo decirse de ninguno de ellos que fuera mayor en edad que los otros. Quedando descartada la edad, no quiso el rey dejar al azar su sucesión y reflexionó y se devanó los sesos pensando cuál sería la mejor herencia que podría dejar a sus amados súbditos, que para él eran más que eso, su familia, sus hermanos.
Decidió entonces someter a sus tres posibles herederos a una prueba que demostrara que podrían convertirse en los monarcas adecuados para acompañar a su pueblo hacia una vida justa y feliz. Después de mucho cavilar decidió que reinaría aquel que fuera soberano de sí mismo y demostrara sensatez, integridad, firmeza y compromiso. Y así, con esta idea, pergeñó una prueba que sacara a la luz el verdadero corazón y la actitud de sus hijos ante la adversidad y ante la vida. Mandó encerrar a los tres en una prisión, cada uno en una celda diferente, compartida con presos de origen incierto y les dijo solamente que de ellos mismos dependía su salvación y que quien primero se liberara reinaría.
El primero de ellos, excelente jinete, gran cazador, acostumbrado siempre a vencer y a destacar sobre todos, al verse allí encerrado montó en cólera y apeló a la dignidad de su nacimiento y a su superioridad sobre todos para exigir que le liberaran. Se enfureció, insultó, gritó, porfió, despreció, amenazó, maldijo a la familia de su carcelero, a la de sus compañeros de celda, a la memoria de su padre… pero nada logró con ello.
El segundo, que a diferencia de su hermano, era conocido por su carácter suave, se limitó a acomodarse en su jergón, con resignación. En nada le afectaron las presiones de sus compañeros de celda, que le instaban a actuar diciendo: “Sois el hijo del Rey, podéis aspirar a algo más, pedid hablar con él, que os explique este absurdo malentendido, nunca habéis obrado mal, no es justo que el Rey vuestro padre os castigue de esta manera…” pero él insistía en que no quería contrariar a su padre, que no quería forzar la situación, que si le había encerrado, sus motivos tendría… que, en realidad, no se estaba tan mal allí y que si la cosa se tenía que arreglar ya se arreglaría por sí misma, de una manera natural.
El tercer hijo, al que nadie habría tachado nunca de pusilánime ni de pendenciero, lo primero que hizo fue mandar callar a sus compañeros de celda y analizar la situación. Retirado en un rincón, se concentró en encontrar los motivos que habían llevado a su respetado padre a ponerle en semejante situación. Pensó que el monarca era un hombre justo que amaba a su pueblo sobre todas las cosas y que, sin duda alguna, su decisión era acertada. Trató por todos los medios de ponerse en su cabeza y en su corazón para llegar a comprender las razones que le habían llevado a tan tremenda prueba y, después de mucho reflexionar, llegó a la conclusión de que el Rey buscaba un sucesor que amara a su pueblo como a sí mismo, así que se centró en amarse y salvarse para tener algún día la oportunidad de poder poner toda su vida en favor de sus súbditos. Su objetivo sería salir de la prisión, y sabía que podía hacerlo, porque su padre nunca le habría propuesto una misión imposible. Así que no optó por exigir con arrogancia al carcelero que le abriese, como el primero de sus hermanos, ni optó por descartar todo intento, toda lucha, como su hermano el segundo, sino que, educadamente, con firmeza y respeto, se dirigió a su carcelero y le hablo así: “Como tú sabes, mi padre, el Rey, ha ideado esta prueba para garantizar que su reino sea en un futuro gobernado por un soberano fiel y entregado al bienestar de su pueblo. Sé bien que es a ti a quien mi padre ha encomendado una labor tan importante como ingrata, lo que muestra la confianza que en ti tiene y que te considera un fiel súbdito y un fiel sirviente. Del mismo modo, deposito en ti la confianza mía, y te digo, con el corazón en la mano, que nada me llenaría de más satisfacción y de más orgullo que poder un día continuar la labor de mi padre y llegar a ser también yo un fiel servidor de mi pueblo. Para ello, necesito salir de aquí. Como ves, la celda carece de ventanas, los muros son atroces, y los cerrojos son todos ellos de extrema seguridad. Se me ocurre una forma sola de abandonar la prisión y llegar a ser un día el rey que mi tierra necesita, y ella es pedir tu colaboración. Tú eres el depositario de las llaves, en tu mano está mi liberación. Te pido a ti, fiel carcelero, representante de mi pueblo y merecedor de la confianza de mi padre y señor, que haciendo uso del poder que te ha sido conferido, abras esta puerta que me encierra y me ayudes a salir para que pueda yo dedicar el resto de mi vida a servir a mi pueblo.
El carcelero, al oír estas palabras, echó sus fuertes manos al cinto, extrajo las llaves de la celda, abrió la puerta y, con una gran sonrisa, dijo: “Dios le guarde, nuevo Rey. La instrucción que me dio su padre fue sencilla: abre a aquel que mantenga la calma, piense en el bienestar de su pueblo y te pida ayuda con firmeza y respeto a tu persona. Aquel que así se comporte demostrará que es soberano de sí mismo, que tiene un corazón generoso y que sabe qué es lo que necesita su pueblo. El que así se comporte habrá comprendido mi intención, y el que así se comporte reinará”.
Y desde ese lejano entonces, y hasta ahora, Benidorm, La Nucía, Alfaz del Pi y Chirles y todo el señorío de Polop, está habitado por gentes nobles, dueñas de sí y de generoso corazón.
Publicado en enero de 2015 en el Llibret de fiestas en honor a Sant Antoni abad, Benidorm.

El valor de la formación

Todas las acciones que una persona realiza son manifestaciones de sus valores y creencias. Todas las acciones comunican. ¿Qué comunica un profesional que apuesta por la formación? Comunica una actitud; la materia de la que está hechos los éxitos, el ingrediente fundamental para la excelencia.

Una persona que apuesta a lo largo de toda su vida por la formación es una persona que se para a reflexionar sobre su situación, que tiene el coraje de decir “no sé“ y toma la decisión de introducir un cambio en su vida, de transformarla por medio del aprendizaje.

Una persona que invierte tiempo y dinero en formación pone en evidencia que es una persona proactiva, que toma las riendas de su vida, que no se resigna, que no se limita a esperar. Una persona que invierte tiempo y dinero en formación demuestra que es una persona que se responsabiliza de su vida, que sabe lo que quiere, que es dueña de sí, que tiene una dirección.

Una persona que invierte tiempo y dinero en formación muestra que sabe diferenciar entre lo importante y lo urgente y opta por lo importante; que piensa en lo que podrá aportar a la sociedad por medio del aprendizaje y no solo en lo que este aprendizaje le podrá aportar a él.

Una persona que apuesta por la formación es una persona que observa, escucha, analiza y hace el esfuerzo de entender y de comprender qué es lo que se necesita, y busca aquello que pueda aportar más valor.

Un profesional que apuesta por la formación continua es una persona consciente de que la sociedad evoluciona muy deprisa y de que es necesario adaptarse a esta constante innovación. Un profesional que apuesta por la formación es una persona respetuosa con las nuevas demandas, que valora el trabajo en equipo y la innovación.

Una persona que apuesta por el aprendizaje es una persona que se conoce, que admite sus carencias, y se fija metas cada vez más ambiciosas. Un profesional que apuesta por la formación comunica su amor por la mejora continua, la materia de la que están hechos los éxitos, el ingrediente fundamental de la excelencia.

Artículo de Margarita Hernando de Larramendi publicado en Innovatia nº 44, la revista de ID-CESEM, Business School (Instituto de Directivos de Empresa)

La perfección excluye la mejora

¿Qué tienen en común el modelo EFQM de excelencia empresarial, el Marco Común Europeo para el Aprendizaje y la enseñanza de Lenguas y el Humanismo Renacentista?

Fácil respuesta, señores: la apuesta por la mejora continua, por el aprendizaje a lo largo de toda la vida, por la perfectibilidad del hombre “proteico y camaleónico” de Pico della Mirandola…, por el cambio transformador.

La perfección implica conocimiento previo de toda cualidad o característica, es arrogante, inmovilista, conservadora, mira al pasado. Defiende el estado de cosas.  La perfección de un contrato es el momento en el que concurren todos los requisitos (todos, ni uno mas). Perfeccionar es acabar, terminar, concluir. La perfección es la muerte, inimaginable ya toda esperanza.

Buscar la perfección es querer  “saber”, dominar lo conocido. Buscar la mejora es querer aprender, mirar al futuro, ser conscientes de lo desconocido.  El aprendizaje es humilde, creativo, innovador.

Saber es un estado centrado en uno mismo; aprender es un camino hacia los otros, hacia un mundo mejor.

Dios es perfecto. “Dios no cambia. Permanece siempre en la misma perfección” escribía en 1961 Vicente Sánchez Luis en La doctrina de Jesucristo, destinada a 4º de bachillerato. El hombre es siempre perfectible, siempre en proceso de cambio, nunca perfecto, siempre con la opción de ser mejor.

Cumplido mi cometido, basta por hoy. (No se preocupen: seguiremos mejorando…).