Las virtudes de los cazadores esquimales. Homenaje a Lourdes Martínez Gutiérrez en el segundo aniversario de su fallecimiento

Reproduzco a continuación el texto que escribí tras la muerte de mi padre, incluido en el monográfico «En memoria de Ignacio Hernando de Larramendi», publicado en Mundo MAPFRE, Revista interna del Sistema MAPFRE, nº 34 – Año IX. Tercer trimestre 2001 [se puede descargar el pdf de la revista en el siguiente enlace]

A Lourdes, nuestra madre, muchos (especialmente ese «requeté guapo» del que se enamoró hace ya sesenta años y que sin ella -palabras de él- «no hubiera hecho nada, pero nada de nada») la han identificado con la mujer fuerte del Evangelio, que acepta todo, soporta todo, sonríe y resuelve los innumerables problemas; pero hay muchos otros rasgos, otras virtudes, que la acompañan y caracterizan: sencillez, elegancia, belleza, serenidad, cultura, discreción, inteligencia…

Yo siempre la había llamado para mis adentros Sherlock Holmes o Hércules Poirot, por la constante actividad de «sus pequeñas células grises», por su extraordinario sentido lógico y su capacidad de percepción, hasta que un día, Ramón, a la vuelta de una de sus expediciones polares y hablando de ella con arrobado entusiasmo, dijo -como máximo elogio- que era como un cazador esquimal. Los cazadores esquimales -me explicó- tienen pocos medios y una vida muy dura, y se lo juegan todo a su habilidad para sopesar con juicio certero las situaciones y tomar decisiones vitales… Me di cuenta de lo que quería decir, de lo que él veía en nuestra madre: visión global de las situaciones, voluntad de enfrentarse a las dificultades, tenacidad para seguir en el empeño, discernimiento para distinguir lo esencial de lo superfluo, criterio para tomar decisiones, coherencia para mantener la acción emprendida y serenidad para aceptar las consecuencias.

Como los cazadores más avezados, ella ha logrado su objetivo, ella «ha triunfado». Pero decir que es una triunfadora es no dar suficiente información sobre su persona, es necesario -imprescindible- decir que es grande, decir que es admirable. Triunfar es tener éxito en un empeño, es decir, conseguir lo que uno se propone. Hay quienes dedican toda su vida a salir en el Libro Guiness de los records, o a mantener un cutis terso, o a desarrollar un cuerpo escultural, o a ser «famosos», o a evitar cuidadosamente todo compromiso, o a acumular millones, o incluso a ser los mayores criminales de todos los tiempos… y lo consiguen. Puede decirse que han triunfado, es cierto, pero ello no significa que sean grandes, ni dignos de admiración.

La grandeza de una persona no reside tanto en el éxito en el empeño, como en la calidad de éste. Mi madre ha dedicado su vida a ser, como San Francisco de Asís, una generadora de amor, un instrumento de paz y concordia:

¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz!
Que allí donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya ofensa, ponga yo perdón;
donde haya discordia, ponga yo unión.

Qué hermosa y qué difícil de cumplir, la oración franciscana. Qué difícil es olvidarse de uno mismo y actuar por el bien común y, sin embargo, nuestra madre lo ha logrado, ha hecho de su vida un perpetuo Jueves Santo, un eterno día del Amor Fraterno. El perdón, una de las actividades más humanas pero más difíciles de realizar, ha sido una constante en su quehacer cotidiano. Día a día, hora a hora, minuto a minuto ha luchado y sigue luchando -en una contienda que nunca acaba- por vivir una vida cristiana y crear una familia ejemplar. Y (aunque parezca una paradoja, no lo es) supeditando su «yo» a la consecución de la unidad familiar ha obtenido lo que muchos buscan en lugares inapropiados: la autoridad moral, un lugar relevante en los corazones (en su caso, no sólo de quienes la conocen, sino incluso de quienes simplemente han oído hablar de ella). Porque no hay nadie que no perciba su influjo, que no se sienta reconfortado en su presencia; es el ejemplo viviente de que la coherencia tiene cabida en este mundo y, desde luego, para nosotros, sus hijos, sirve de modelo y de estímulo para no caer en la facilonería, en el egoísmo, en la mezquindad.

Pensando siempre en los demás y olvidándose siempre de sí misma, ha adquirido una personalidad que imprime carácter, está presente en el mundo, es inolvidable; existe… puede decir, como San Juan de la Cruz en El Cántico espiritual: «me hice perdidiza y fui ganada».

 

 

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